De Guatemala a El Salvador: una nueva etapa sobre dos ruedas.

Por Ignacio Osorno

cambia el rumbo del viaje.
Después de dos semanas de camino, el viaje de José Valentín Acosta —mejor conocido en el mundo de las dos ruedas como Vale— entra en una nueva etapa. Ana regresa a Xalapa y, por primera vez en esta aventura, la ruta continúa en solitario hacia el sur. Guatemala es la primera frontera. Una decisión inesperada en El Salvador terminará por alterar por completo los planes.
Antes de partir, Vale agradece a Leo y Charly la hospitalidad de los últimos días. A partir de ese momento debe avanzar, planear y, al mismo tiempo, intentar preservar la intención original de viajar despacio. Hay, sin embargo, un factor que no puede ignorarse: el invierno argentino y la necesidad de aprovechar las mejores condiciones climáticas para llegar al sur del continente.
La mañana comienza temprano. Tras una noche de viento intenso, levanta el campamento y vuelve a preparar el equipaje.
Los primeros días en soledad tienen un tono distinto. La ausencia de Ana se hace presente y el tiempo dentro del casco se convierte también en un espacio para pensar, recordar y tratar de entender hacia dónde llevará el camino.
El cruce hacia Guatemala llega acompañado de cierto nerviosismo. Primero se realiza el procedimiento de salida del lado mexicano; después toca dirigirse a la frontera guatemalteca.
Al llegar, el primer punto es el puesto de fumigación, donde también se encuentran quienes ofrecen cambio de moneda. Los pesos mexicanos son aceptados, aunque previamente se ha hecho una conversión para evitar un tipo de cambio desfavorable.
Una vez obtenidos los quetzales, paga la fumigación: 16 quetzales.
Más adelante está migración. El procedimiento comienza con el ingreso personal: llenar un formato y recibir el sello en el pasaporte. Después llega el turno de la motocicleta.
Para la importación temporal de la moto se requieren pasaporte, tarjeta de circulación y licencia de conducir. Tras una inspección visual de los números de chasis y motor, las autoridades colocan una etiqueta azul en la máquina, con la que queda habilitada legalmente para circular por Guatemala.
El trámite cuesta 160 quetzales y el pago se realiza en un banco ubicado junto a las oficinas fronterizas.
Apenas unos metros después de abandonar la frontera aparece una de las sorpresas del viaje.
La solidaridad motera aparece en Huehuetenango
Juanfra, un motociclista con quien Vale había establecido contacto días antes, lo espera para recibirlo y ofrecerle alojamiento. La solidaridad entre quienes viajan sobre dos ruedas vuelve a hacerse presente.
Juanfra lo lleva a conocer algunos miradores de la zona. Desde los primeros kilómetros queda claro que las carreteras guatemaltecas serán una experiencia aparte: curvas, montañas y paisajes que obligan a reducir el ritmo y disfrutar del camino.
Finalmente, la familia de Juanfra lo recibe en su casa. Para la ocasión preparan recado de pollo, tamales de masa y café: un verdadero banquete después de varias horas de manejo y de la tensión propia de cruzar una frontera.
Huehuetenango estaba contemplado originalmente como una simple escala. El entusiasmo de Juanfra, sin embargo, cambia los planes y la estancia se prolonga al menos dos días.
Terracería, montaña y una noche junto al lago
A la mañana siguiente dejan parte del equipo y llevan únicamente lo indispensable para emprender una ruta de terracería que termina junto a un lago.
El recorrido comienza con una subida hasta el mirador Juan Diéguez Olaverri, desde donde se obtiene una panorámica de Huehuetenango.
El clima acompaña durante la jornada. Juanfra explica que aquella ruta suele estar cubierta por llovizna, por lo que contar con un día despejado resulta prácticamente un regalo.
Después llega otra oportunidad para descubrir la gastronomía local. En un restaurante prueban pollo en pipián y, como cortesía de la casa, reciben también un plato de cordero.
Todavía queda la parte más aventurera del recorrido.
La motocicleta se interna por caminos de terracería a través de valles y montañas hasta llegar a un pequeño lago formado entre dos elevaciones.
El sonido de los arroyos y las cascadas que alimentan el lago convierte el lugar en una postal.
La noche transcurre junto al agua. Al amanecer, las montañas aparecen nuevamente detrás del lago y ofrecen una de las imágenes más memorables de aquella etapa.
Antes de regresar a Huehuetenango hacen una última parada en el nacimiento del río San Juan, en el municipio de Aguacatán.
El sitio es considerado sagrado: allí convergen elementos del catolicismo con tradiciones ancestrales mayas. Los visitantes dejan ofrendas y las comunidades celebran cada año el nacimiento del agua, fundamental para los cultivos y para la vida de la región.
Finalmente llega el regreso a Huehuetenango. Hay que comer, descansar y volver a preparar el equipaje.
El camino hacia el sur continúa.
Panajachel y el lago de Atitlán
La siguiente parada es Panajachel, recomendada por Juanfra por las vistas que ofrece hacia el lago de Atitlán.
Vale llega alrededor del mediodía, encuentra un hotel económico a unos quince minutos caminando del lago y dedica la tarde a recorrer la calle principal.
Artesanías, restaurantes y calles llenas de color dan forma a uno de los destinos turísticos más conocidos de Guatemala.
A orillas del lago aparecen las montañas y los volcanes que rodean Atitlán. Por la noche, Panajachel cambia por completo de ambiente: las calles se iluminan, las tiendas de artesanías permanecen abiertas y restaurantes y bares comienzan a llenarse de turistas, especialmente durante el fin de semana.
La jornada termina contemplando un espectáculo natural al otro lado del lago: una tormenta ilumina el cielo con relámpagos.
La aventura continúa.
El Salvador: surf, carretera y una decisión inesperada
El siguiente cruce de frontera es El Salvador. La entrada se realiza sin mayores complicaciones y, una vez dentro del país, la ruta continúa por la carretera costera.
El camino atraviesa diferentes playas conocidas por la práctica del surf.
Una de las paradas es El Zonte, donde Vale disfruta de una tarde junto al mar, observa a los surfistas y deja que la brisa marque una pausa en el recorrido.
A la mañana siguiente regresa a la playa. Todavía hay más surfistas entrando al agua, en una escena que parece resumir el espíritu de aquel lugar: personas que esperan la ola correcta y se dejan llevar por ella.
Pero el tiempo comienza a ejercer presión.
El siguiente destino es San Miguel, cerca de la frontera con Honduras. En ese momento el plan es avanzar con mayor rapidez. La visa para Nicaragua ya está otorgada y la fecha prevista de entrada es el día 28, lo que deja únicamente cinco días para llegar.
Existe, además, otro objetivo: alcanzar Sudamérica y aprovechar la primavera y el verano para recorrer Argentina.
La idea tiene sentido sobre el papel. Centroamérica podría recorrerse con mayor calma durante el regreso.
Algo dentro de Vale, sin embargo, no termina de estar convencido.
Espíritu de la Montaña: el desvío que cambia el viaje
En San Miguel, varias personas comienzan a hablarle de un lugar llamado Espíritu de la Montaña, ubicado al sur, cerca de la comunidad de La Unión, en la cima del volcán Conchagua.
Visitarlo significa desviarse hacia el sur justo cuando el plan indica continuar hacia Nicaragua.
Es el conflicto entre dos impulsos: uno quiere avanzar rápido; el otro pide bajar el ritmo y disfrutar del camino.
Finalmente, Vale decide escuchar al segundo.
El desvío cambiará el viaje por completo.
La ruta hacia La Unión es tranquila. Aprovecha para conocer esa ciudad portuaria y, mientras recorre sus calles, aparece el primer problema mecánico importante de la Guerrera.
Comienza a escucharse un fuerte tronido. Después de algunos metros es posible identificar el origen: la rueda delantera.
El engranaje encargado de medir la velocidad se ha estropeado.
Afortunadamente logra volver a armarlo y continuar el recorrido. La motocicleta pierde el indicador de velocidad, pero al menos puede seguir rodando.
Todavía queda la parte más complicada del día.
Una subida para cambiar el rumbo
El camino hacia Espíritu de la Montaña comienza tranquilo, pero más adelante aparece una advertencia: el tramo está recomendado únicamente para vehículos 4×4.
La advertencia no es exagerada.
Las piedras se hacen cada vez más grandes y el camino, además de irregular, se vuelve extremadamente empinado.
La subida exige un gran esfuerzo tanto del conductor como de la Guerrera. Finalmente llegan a la cima.
Y entonces aparece la recompensa.
Frente a ellos se extiende una impresionante vista del golfo de Fonseca.
El lugar permite acampar junto al acantilado y contemplar un eclipse lunar durante la noche. Al amanecer, las vistas vuelven a confirmar que el esfuerzo ha valido la pena.
Pero algo más ha cambiado.
No se trata solamente del paisaje.
Estar ahí provoca una transformación en la manera de entender el viaje.
Hasta ese momento existía una fecha, una ruta y un objetivo: avanzar hacia Argentina aprovechando el invierno para llegar a tiempo a la temporada favorable.
Después de aquella noche, el plan comienza a perder importancia.
La decisión empieza a tomar forma: no llegar a Argentina después de todo.
Y quizá tampoco regresar a México con la Guerrera.
El viaje que comenzó con una ruta trazada sobre un mapa empieza a convertirse en algo diferente.
Porque a veces el camino más importante no es el que lleva más rápido hacia el destino, sino el que obliga a detenerse y preguntarse hacia dónde se quiere ir realmente.
La aventura continúa.

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